Hablando de Enrique

“Qué cielo tan bello, hermano. Si por fuera es tan hermoso, ¿qué será por dentro?”

27 de enero de 1896, Convento Franciscano de Santo Espíritu, Gilet (Valencia), España.

“El convento tiene una iglesia medianamente grande, un claustro típicamente franciscano en donde se oye cantar a cientos de pájaros al caer la tarde. Tiene también unas dependencias para huéspedes ilustres – algún obispo que se retira allí unos días o que visita a los frailes- y otras para gente menos importante. En una de estas últimas – porque no ha querido quedarse en la del obispo, que le habían preparado- se aloja hace casi un mes el sacerdote Enrique de Ossó.

2F65EE6E-51E8-46A9-8C78-E9CBFFE5A769_4_5005_cMosén Enrique, como le llaman en su tierra catalana, ha dado un largo paseo esa tarde con algunos frailes. Al llegar, ya casi era de noche, porque en enero anochece pronto. Después de una cena temprana, todavía ha podido contemplar el cielo desde el claustro. Un cielo despejado, azul oscuro, con estrellas que parecen lágrimas brillando sobre terciopelo. Enrique se ha quedado fascinado por lo que ven sus ojos y, sobre todo, por lo que trascendiendo el paisaje nocturno intuye y anhela su corazón. “¡Qué cielo tan bello, hermano!-le dice al fraile que le acompaña-. Si por fuera es tan hermoso, ¿qué será por dentro?”  Y no sabe el franciscano si lo que ve en los ojos de Enrique es el reflejo de las estrellas o una lágrima de nostalgia que se le ha quedado detenida sin asomarse al exterior.

Enrique se retira a su habitación. La tiene en el piso bajo, junto a la escalera que sube a la puerta de la clausura de los frailes. Se siente desasosegado, con un vago malestar que no puede concretar. Se acuesta, pero no logra dormirse porque el malestar va en aumento. Oye al reloj de la torre  desgranar once campanadas. Espera todavía un poco más, pero el dolor le invade con tal fuerza que instintivamente se envuelve en una manta y, casi arrastrándose, sale de la habitación para pedir ayuda.

A sus cincuenta y cinco años de vida y veintiocho de sacerdote ha visto morir a muchas personas. Ahora no sabe, se pregunta sin saber bien lo que siente: ¿es esto la muerte? Él, que ha escrito hace muy poco, hablando de ese momento final, que la muerte será “descansar en los brazos de  Jesús para gozar del amor eterno. ¡Oh, qué gozo este abrazo! ¡El último beso, qué eterno! ¡Qué gozo este gozo!”, ahora sólo sabe hacer un esfuerzo inconmensurable y comenzar a subir la escalera que le acerca al auxilio que su cuerpo necesita. ¿Es esto la muerte, Señor? “Mil años en tu presencia son un ayer que pasó…” Ayer… Mi vida entera… ¡Cómo recuerdo ahora tantos momentos de ese ayer…! Todo por Jesús. Si pudiera subir este primer peldaño…

Paso a paso, pedazo a peldaño, trabajosamente, va subiendo la escalera. Cada peldaño, como la vida, le va acercando a la eternidad. Cada peldaño le va trayendo un recuerdo”.

Rodriguez, Pilar s.t.j. El hombre del “todo por Jesús”. Ediciones STJ, Barcelona, 1998.

2 comentarios en ““Qué cielo tan bello, hermano. Si por fuera es tan hermoso, ¿qué será por dentro?””

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